Por la ventana
Parece que fue ayer que me encontraba haciendo mi lista mental de propósitos para año nuevo, un día sentada en la única silla de mi casa, viendo a la pared palo de rosca, digo de rosa, que me heredó el Vormieter. Acababa de mudarme, no tenía más muebles, ni más ganas de desempacar mis tereques. Me senté, aproveché que se acercaba fin de año y empecé a pensar qué me propondré.
Después de las utopías al estilo, ser una mejor persona, volver a mi talla xs
y perfeccionar mi francés, empecé con las menos espectaculares, pero realizables.
Y al final, me quedé con un único propósito.
“Organizar mi libreta de direcciones del mail”.
Puede que les parezca banal e incluso irrelevante, sin embargo, es algo que no puedo seguir postergando.
Mi cuenta de mail la tengo desde hace exactamente 10 años, 6 meses y dieciséis días y desde entonces nunca me he tomado ni 5 minutos para actualizar mis contactos.
Pero la libreta, o mi cuenta de email en sí, es más que una simple colección de nombres, apodos y direcciones, es el disco duro portátil de mi memoria a largo plazo.
En ella se almacenan vestigios de relaciones interpersonales que se quedaron en medio camino, amistades de los que ya no son amigos, anécdotas, declaraciones de amor, declaraciones de odio, un sin fín de mensajes de bienvenida para validar mi nueva cuenta en alguna nueva página, fotos, enlances obsoletos a tarjetas de cumpleaños recibidas, etc, etc.
Y mientras más lo hacía más nostalgia tenía de la vida que llevaba al momento en el que recibí o envié un determinado correo, hasta que me topaba con otro que me sacaba del embrujo de la idealización de lo que se ha perdido y me hacía entrar en razón…
A continución un fragmento desempolvado:
“Aquí te mando un par de sonetos para que los leas en tus tiempos de ocio (…) éste el LXII te lo escribo por que no me gusta todo sino la mitad:
Ay de mí, ay de nosotros bienamada,
sólo quisimos sólo amor, amarnos,
y entre tantos dolores se dispuso
sólo nosotros dos ser malheridos.
Quisimos el tú y yo para nosotros,
el tú del beso, el yo del pan secreto,
y así era todo eternamente simple,
hasta que el odio entro por la ventana…”
Pablo Neruda


