Paranoia
Hoy, 8:30 de la mañana en el sbahn de camino al trabajo. Me desperté tarde. Muy tarde. Tan tarde que desde la casa a la estación de tren, desde la estación hasta llegar al trabajo, desde que llegué hasta hace unos minutos, seguía en modo somnoliento. Una taza de café y el recuerdo del suceso patético de esta mañana me acaban de incorporar a la realidad.
Debido a una conversación reciente, me desperté con la necesidad de saber cuánto eran 180.000.000 (sí, millones) de Súcres en dólares hace 10 años, antes de que a Jamil Mahuad se le ocurra dolarizar Ecuador. Desde la casa al trabajo
intentaba hacer el cálculo mental: “sí un dólar en 1998 eran apróximadamente 5600 Sucres, cuántos dolares serían 180 millones”. Lamentablemente la operación matemática no pasó del repetitivo planteamiento. Cada vez que intentába dividir mentalmente 180 millones para 5600, sentía una especia de cortocircuito cerebral, reseteandome la cabeza y haciendome volver al inicio del problema: ” a ver, a ver, si en 1998, 1 dólar eran 5600 (bueno ya sólo 5000) súcres, cuánto serían 180 millooooooones!”… y así haste que llegue a la estación. Me subí en el tren, me senté y tuve una mejor idea.
Saqué mi teléfono celular para utilizar su calculadora. Como ya he mencionado anteriormente, hoy me levanté tarde. Tan tatrde que no alcancé a ponerme los lentes de contacto y me encontré en modo topo hasta hace unos minutos, que conseguí colocármelos en el baño de la oficina. Así que cuando saqué el teléfono para finiquitar porfín esta operación matemática, me vi obligada a colocarme la pantalla del celular muy cerca de los ojos, para poder alcanzar a ver algo. Tan cerca que la señora que estaba sentada en frente empezó bruscamente a mover los brazos tapándose el rostro con el uno y con el otro intentándo quitarme el teléfono de la mano. Tal cual, como reaciconan los famosos frente a un paparazzo indeseado.
Yo, al verme interrumpida ( y de qué forma), escondí el teléfono que intentaba serme arrebatado, levanté la mirada y me econtré con una señora físicamente NO muy agraciada que digamos. Tanto que por primera vez en lo que llevaba del día, me alegré de que mi despertador no haya sonado, y me haya tocado salir (casi) ciega de la casa. Mi primera reacción, claro, fue explicar a la señora que NO estaba intentando tomarle una foto (sin su consentimiento).
Pero ahora que lo pienso fríamente, la verdad es que hay que ser muy osado, para pensar que alguien desconocido está intentando sacarte una fotografía a las 8:30 de la mañana, sobre todo si uno no se ve como Angelina Jolie (en el caso femenino) o George Clooney ( en el caso masculino) . Es verdad que con la masificación de las cámaras digitales, ahora todos nos hemos convertido en pequeños paparazzis, y que la privacidad se ve cada vez más afectada por ello, pero de ahí a creerme que un desconocido quiere tener fotos mías en su teléfono hay un gran eslabón.
O la señora sufre de paranoia, quizá provocada por largas horas de televisión chatarra, programas del corazón o incluso noticieros, en los que el principal acontecimiento suele ser un camarógrafo persiguiendo desesperadamente a una estrella (normalmente) sin ropa interior, o (lo más seguro) es que sufra de tener un muy sólido autoestima.


