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Antes de ayer empezó el Oktober Fest. Con él, inauguré la temporada personal de resfriados, gripes, virus, catarros.
El año anterior fui al médico con los ojos hinchados, fiebre y mocos verdes. Me revisa, lee mi acta y comenta: “Oiga, he notado, Ud. siempre se enferma en estas fechas. Yo tengo mi teoría: durante el Oktober Fest la ciudad se contamina… y todos acabamos contagiándonos.”
Y, en parte puede que tenga razón. Aunque tampoco hace falta ser un super científico para saber que 6,2 millones de personas provenientes del mundo entero, reunidas en un mismo lugar, subidos en las mismas mesas -codo a codo, bailando las mismas canciones -mano a hombro, cintura, nalgas-, sudando al mismo calor -gota a gota y bebiendo del mismo Mass -baba a baba- pueden hacer estallar una bomba de gérmenes que acaba contaminando a los que incluso, no hayamos sido parte del detonante.
Sea como sea, la presencia e influencia del Oktober Fest en la ciudadanía es evidente (no sólo desde el punto de vista sanitario). Ayer por ejemplo, la algarabía de esta tradicional fiesta pudo más que dos factores decisivos para el humor de los muniqueses: el tiempo y el fútbol.
Específicamente me refiero al Bayen München quien perdió 5-2 frente al Werder Bremen.
Perdió jugando en casa y durante la fiesta de la cerveza, cuando se supone que nunca falla.
En fín, que ni el frío, ni la derrota, lograron opacar la alegría de los müncher que se paseaban ayer por las calles, disfrazados de Heidi* y bebiendo todo lo que se atravezaba por su camino.
Nada, ni siquiera esta imagen de la hija de Ribéry, estrella del Bayern, quien durante el partido aplaudía los goles del rival, mientras su padre se golpeaba la cabeza.


