Grasófilos
Me acabo de devorar un chocolate. 226 Kcal. en menos de 30 segundos. Según el empaque, el 11% de lo que un adulto debería consumir diariamente. No sé cuándo empecé a contar cuántas calorías como, ni cuántas calorías pierdo. (Supongo que cuando empecé a sentir su peso). Lo único que sé, es que el esfuerzo y la satisfacción, al perderlas y al ganarlas, son inversamente proporcionales. Por ejemplo, uno tiene que torturarse 15 minutos en una máquina para quemar el chocolate que nos atragantamos en 30 segundos. La vida es injusta, qué más da.
Recuerdo todavía cuando en mis tiempos de esbeltez, una persona non grata me dijo que la mujer a partir de los 20 empieza a engordarse y que ni siquiera me preocupe por tratar de evitarlo, por que en mi caso, la genética ya me había echado la suerte. ¡Bruja!, pensé. Lamentablemente en todo el sentido de la palabra. Y es que lo que se hereda no se hurta: ni las caderas grandes, ni el metabolismo lento ni el incondicional amor por la buena comida. El paladar francés.
No es sorprendente entonces que mis recuerdos de la niñez giren alrededor de las sobremesas, ni que lo que más extrañe de Ecuador sean las distintas variaciones en las que se prepara y sirve el delicioso chancho, ni que ahora esté yendo (¡voluntariamente!) 3 días a la semana al gimnasio, porque en diciembre pasaré 21 días en Estados Unidos y ya tengo lista la lista con los restaurantes que visitaré. ¡Sufrir previamente para poder comer tranquila!
¿Pero es que acaso hay algo más placentero en esta vida que el postre después de la cena? ¿O algo más doloroso y patético que un régimen alimenticio? Cada mañana cuando en el metro me encuentro rodeada por mujeres cuerpos de chupetes, no puedo evitar preguntarme qué sentido tendrán sus vidas (si es que tuviesen alguno). ¿Qué les motiva a levantarse en la mañana sino es el croissant de chocolate del desayuno? ¿Qué les ayuda a sobrevivir el bajón de los meses de otoño sino es la cercanía del pavo navideño? ¿Por qué razón en su vida se les ocurriría viajar a México sino sería por los tacos y las quesadillas?
Lo peor de pertenecer a esta marginada y perseguida minoría es que somos fieles practicantes de la sabiduría popular de que Dios los cría y el pollo asado los junta ,por lo que tendemos inconcientemente a rodearnos de personas dotadas de buen(os) diente(s). Sin darnos cuenta, nuestra vida social se reduce a la invitación a comer en la casa de fulanita, el café (con torta) en la tarde con las amigas, y cuando la idea de organizar Das Perfekte Dinner entre nuestro propio círculo de amigos, ha dejado de ser un simple comentario de sobremesa, es por que no hay más marcha atrás… vamos en (buen) camino.



