Pan, techo y empleo
Una de las anécdotas más rememoradas de mi infancia es la del Melloco.
Como introducción tengo que decir que mi abuela fue una hacendada por imposición de de la vida, y que desde temprana edad estuvo a cargo de centenares de trabajadores.
Un día, no recuerdo exactamente ni que mes ni que año, sólo sé que estábamos en su casa de Quito, yo y algunos de mis primos, sentados en su sala. Ella disfrutaba del añico de tecnología que acaba de llegar a la hacienda (por lo que puedo deducir que tuvo que haber sido algún día después de ¡1996!) y hablaba con su mano derecha en el campo. Nosotros vegetábamos y escuchábamos su conversación, la que transcribiré a continuación:
- …Sí, para la cosecha…
- Sí, consigue nomás más gente. Va a hacer falta.
-¿Cómo?
-No oigo, ¿qué me dices?
- ¿El Melloco?
-Uy no, no. Ese vago, perezoso, ladrón. No, no, no, no.
-¿Cómo, qué?
-¿Qué se ha muerto? ¿El Melloco?
-Uy pobre, descanse en paz. Buen hombre era. Bueno era.
Hoy, al leer la prensa ecuatoriana, me he acordado de esta anécdota.
De que no hay nunca muerto malo. Ni siquiera Febres Cordero. Supongo que hoy, 13,5 millones de ecuatorianos (o los que aún no hayan emigrado) llorarán a la leyenda de la política del país, al ex presidente, al ex alcalde, ex diputado… llorarán por que cuando Febres Cordero era presidente, en el país todo marchaba bien, no había delincuencia, había prosperidad, todos menos los que se apelliden Restrepo o Benavides, o los que sigan esperando a algún familiar que salió en los ochenta a comprar cigarrillos en la noche y aún no haya regresado a casa…


