Agonía

Nunca me he muerto, así que no puedo hablar con certeza. Sin embargo creo que este estado puede ser muy parecido a la angustia y congoja que sienten los moribundos.
La enfermedad se llama invierno y se encuentra en su etapa terminal, espero.
Al principio, cuando los días empiezan a ser más cortos y la temperatura empieza a descender, atravesamos por la fase de shock, negación y aislamiento. No queremos creer que se ha acabado el verano y nos aferramos a la vestimenta de esta estación, así pasemos frío y vergüenza al ser los únicos en la ciudad que aún nos paseamos con sandalias.
Después de unas semanas de haber andado con los dedos de los pies morados por el frío, aceptamos ponernos zapatos y una chaqueta más gruesa. Y entramos en la segunda etapa, la de ira e irritación, y empezamos a despotricar contra este clima de mier$&#!, contra este país de mier$&#!, contra estos alemanes de mier$&#!, con su país y clima de mier$&#!, y nos preguntamos por qué mier$&#!, estamos en este pu*#$§*&! país lejos de mi solcito, de mi locrito, de mis empanadas de morocho… por algún motivo, la nostalgia del clima siempre deriva en la nostalgia de la comida y en la siguiente fase, la del pacto.
Congelados y hambrientos, lejos de la patria. Vulnerables, solos, empezamos a negociar con Dios o con el Efecto Invernadero, para que no permitan que este invierno sea tan crudo. Para que sea corto, para que no nieve, para que el calentamiento global no mate de hambre a África, sino que haga que Munich tenga un clima mediterráneo…
Y cuando nos damos cuenta que nuestras plegarias no han sido escuchadas, que el invierno es una realidad inevitable, empieza la penúltima fase, la de la depresión. Entendemos que la vida ya no es como era en el verano. Entendemos que la vida ya no es vida, que nos esperan meses de temperaturas extremas, de palidez crónica, de hambres voraces, de vagones de metro con olor a compañerismo (o a poto)…
Pasamos meses de enfermedad, de luchas matutinas contra el despertador. Meses de desmotivación, de melancolía. De añoranza. A mi particularmente me pasa, que empiezo a recapitular mi vida. Recorro mentalmente cada ruta que recorría cuando vivía en ese lejano país, que desde esta perspectiva invernal se asemeja casi casi al paraíso. Recorro mentalmente el camino “El Pinar Bajo- Imantag” y puedo sentir cada bache en la carretera y después cada piedra, cuando entramos en el camino de tierra.
Regreso mentalmente a la que era mi casa, a las que fueron mis clases, a las casas de mis amigas y sus terrazas. Y de terraza en terraza termino en la de mis abuelos. Donde tantas tardes, cuando llegaba del colegio y esperaba a que mi mamá me recogiera para llevarme a mi casa, no hacía más que echarme bajo el sol del medio día, como una lagartija recargando fuerzas…
Mentalmente, todos los días de invierno, me bajo del bus, me tropiezo, camino 5 metros y estoy en su casa. Entro y trato de convencer a mi abuela, de todas las maneras posibles, de que no me sirva el almuerzo. Sin éxito. No por que no me gustara su comida, todo lo contrario, sino porque unos minutos después, cuando miss helen me hubiera recogido, tendría que comerlo todo de nuevo. (Y aunque parezca mentira, en esas épocas tener que repetirme la comida, era un gran sacrificio).
Todos los días de este invierno infinito subo, en algún momento del día, mentalmente, a su terraza, o me recuesto en su resbaladera, cierros los ojos, siento el sol que me quema y me recargo de fuerzas…mientras llega la última etapa, la de la aceptación, en la que sólo nos queda sentarnos a esperar, a que en cualquier momento llegue la primavera.
Y mientras ésta llega y para contrarrestar un poco la melancolía, les dejo el video de la canción, que no sé por qué extraña razón, siempre que camino en medio de la nieve y el frío, viene a mi cabeza…


