Hace unas semanas Manuela (2 años) veía una película infantil que se desarrollaba a lo largo de las cuatro estaciones, mientras visitaba a Lisi (su profesora de Kinder) porque ésta se encontraba indispuesta.
Yo la acompañaba.
Cuando en la película fue invierno, Manuela reflexionó:
-”Aquí tamben cae ieve”
-Auque ahora ya no hay ieve. Ssólo hace fío. Mucho fio.
“Ale”. Me dice y suspira profundo. “¿Poqué sserá que no viene la primavera? ¿Se habrá muerto?. Ojalá no. Sseguro que ssolo essta enferma como la Lisi y pod eso todavía no llega”.
Hoy, unas semanas después, con exagerados 40 grados en la oficina, el sudor que me chorrea por la espalda, y el moco que me chorrea por la nariz, (porque el resfrío no perdona estaciones) es casi imposible acordarse del invierno.
¿Del qué?. Del frío (¿cuál?). De la nieve (¿qué es eso?).
El ser humano peca de olvidadizo, aunque las novelas mexicanas traten de convencernos de lo contrario. ¿O hay culebrón sin (por lo menos) una escena qué contenga un “Roberto Antonio, ésta canallada te la perdono, pero no la olvido”?.
La cruda realidad es que es más fácil que olvidemos a que perdonemos. Sino ¿cómo se explica que unos capítulos más tarde Debora Aurora vuelva a caer en la misma trampa?
Algún entendido dirá por ahí que eso se llama memoria selectiva, que nuestro cerebro es tan pero tan pero tan perfecto que automáticamente vacía la papelera, eliminando momentos negativos en general o simplemente banales…
Sea como sea, el punto es que ya tenemos buen tiempo: el sol brilla, los pájaros cantan, los metros apestan, y en la calle te atropellan las bicicletas…