Ni de aquí, ni de allá
Antes de vivir en un país con cuatro estaciones, tenía la osadía de afirmar que el otoño era la mejor época del año.
También me acuerdo como, cuando era tan ingenua para sostener eso, un día un amigo que vivía al otro lado del hemisferio, me escribió un mail, contándome entre otras cosas, que se había acabado el verano, y “aquí ya todos estamos con la depresión de octubre…” Me reí. Depresión de octubre, ja. (ja ja ja ja).
<Wetterempfindlich> El alemán, preciso como él sólo, tiene entre su infinito repertorio un adejtivo muy adecuado para anticipar la crisis existencial que cualquier mortal atravieza (si es que el otoño le ha sabido coger desprevenido) desde finales de septiembre a más tardar comienzos de diciembre (cuando el ánimo vuelve al cuerpo con los olores navideños) que podría libremente traducirse como “sensible a los cambios de estación”.
Un día como todos los anteriores uno se depierta y la vida ha perdido su sentido. El trabajo es insufrible. Las relaciones personales se enfrían. Un vacío inmenso le empieza a carcomer a uno las entrañas dejándonos huecos, secos, frágiles. “¿Qué hago aquí?” me pregunto, hasta que pocos días después, como todos los años, llega una carta de la seguridad social, invitándome a participar en alguna actividad recreativa que me ayude a contrarrestar la influencia del clima en mi sique, recordándome que el otoño es el causante de todos mis males, que no es eterno y que en pocas semanas todo habrá vuelto a la normalidad. Espero.
Y mientras tanto, aprovecho el estado permanente de añoranza para seguir metiendo el dedo en la llaga y escucho radio ecuatoriana (via intenet en el trabajo), agudizando la crisis india-maría que padecemos todos los exiliados, emigrados, huídos o echados más tarde o más temprano. Aunque octubre sea por lo general el mes por excelencia.

Sin embargo, mientras escribo esto me doy cuenta de lo bajo que he caído. Alegrarme por una mañana soleada con un sol que no calienta y por 15 grados que se sienten como 10, me da la pauta de que cada día estoy más alemana en lo referente al clima, o en otras palabras: me conformo con cualquier porquería. Eso sí, para todo lo demás son muy punteros, los más altos estándares por aquí, el orden y la puntualidad por allí, las calles sin huecos, la seguridad social, el Aldi, pero y el clima: un asco, vomitivo. Para llorar.

